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8 min de lectura6–8 años

El río de los mil colores

Dos hermanas siguen un río que cambia de color en cada curva.

Lectura

Nuria y Bela vivían en una casa de madera con tejado rojo, junto a un río muy, muy raro. ¿Por qué era raro? Pues porque en cada curva cambiaba de color, como si alguien fuera pintándolo por dentro con un pincel gigante e invisible.

Los vecinos del pueblo le tenían un poco de respeto. «Los ríos serios son siempre del mismo color», decía el señor Tomás mientras se ajustaba las gafas. Pero Nuria y Bela pensaban que los ríos aburridos son siempre del mismo color, y que el suyo era el río más divertido del mundo.

Una mañana de primavera, Bela despertó a su hermana con una pregunta que llevaba días dándole vueltas en la cabeza: «Nuria… ¿de dónde salen los colores del río?». Nuria se quedó pensando un momento, guardó dos manzanas rojas en la mochila y dijo: «Vamos a averiguarlo».

Se calzaron las botas, cruzaron el prado y empezaron a caminar río arriba, siguiendo la primera curva. Allí el agua brillaba dorada, como una cinta de oro líquido que se movía. «¡El río se ha vuelto de oro!», gritó Bela. Y entonces vieron el motivo: el sol acababa de levantarse y se estaba bañando en esa curva, dejando en el agua todo su color amarillo del amanecer.

Siguieron caminando y llegaron a la segunda curva. Allí el río era azul profundo, tan azul que daban ganas de zambullirse en él. «Este azul lo conozco», dijo Nuria, «es el color que dejan las lluvias cuando se despiden». Y era verdad: una nube pequeñita descansaba sobre el agua, recordando la tormenta de la noche anterior.

En la tercera curva encontraron una sorpresa con patas: una garza blanca y elegante que pintaba el agua con la punta del ala, haciendo círculos rosas y violetas. Las hermanas se quedaron tan quietas que hasta dejaron de respirar.

«Disculpa, señora garza», preguntó Bela con educación, «¿eres tú la que pinta el río?». La garza soltó una risita suave, como el agua cuando tropieza con las piedras. «No pinto el agua, pequeñas. Solo le recuerdo lo que ha visto: el sol del amanecer, la lluvia que se despide, las flores que se asoman a beber… El río guarda todo lo que vive, y yo solo le ayudo a recordarlo».

Nuria y Bela se miraron con los ojos muy abiertos. De pronto todo tenía sentido: el río no cambiaba de color por casualidad. ¡Se vestía con los colores de sus recuerdos!

Compartieron las manzanas con la garza (que prefirió un pececito) y emprendieron el camino de vuelta. En cada curva, el río les regaló un color nuevo, como quien enseña un álbum de fotos: el verde del bosque, el naranja de la tarde, el gris brillante de las piedras mojadas.

Las hermanas volvieron a casa con los pies mojados y una idea preciosa que les cabía en el corazón: los ríos, como las personas, guardan todos los colores de los días que han vivido. Y desde esa mañana, cada vez que se sienten un poco grises, Nuria y Bela van al río a recordar sus colores.

Fin

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